video_confeSe ha llegado a discutir muchas veces entre los más encumbrados pedagogos, y se seguirá discutiendo, si enseñar es un arte o una ciencia. Asunto difícil, diremos, de establecer de forma categórica, porque en ella uno utiliza todos los conocimientos que la “Ciencia de la Educación” nos provee, pero también, utilizamos los conocimientos que nos da la vida, que al fin de cuentas, resulta ser la más grande de todos las ciencias.

Sin embargo, es indudable que enseñar es un arte, que utiliza, como todas las artes, conocimientos científicos cristalizados en leyes. Ahora bien, si en lugar de arte fuese ciencia, ya existiría alguna fórmula para crear una obra de arte como las que hicieron los grandes educadores de la humanidad. Además, a nadie se le hubiera ocurrido semejante transformación de la “formación docente” en particular y del Sistema Educativo en general, en Argentina y en el mundo entero, porque no habría motivo alguno que la justificara.

Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar, que no existe una ciencia que capacite al hombre para realizar esta clase de trabajo. Y, si dudamos de esta afirmación, observemos a nuestro alrededor, preguntándonos: ¿Todos los docentes logran el mismo éxito en circunstancias semejantes? La respuesta es una verdad de perogrullo. No, no todos los docentes logran éxitos semejantes en circunstancias semejantes. Pero, además, solemos escuchar que nuestros colegas se quejan del grupo que ese año les ha tocado y, generalmente, la culpa es de los alumnos; que no quieren estudiar, que son indisciplinados, etc… Todas las quejas intentan justificar, en el fondo, el fracaso del profesional. Por lo tanto, no existen ni fórmulas ni recetas que capaciten al hombre para enseñar, es decir: señalar el camino que conduce a la autoeducación en el marco del proceso de personalización.

La ciencia difiere del arte, porque se rige por leyes, las cuales establecen que a las mismas causas corresponden los mismos efectos. El arte, en cambio, es una cosa distinta, no tiene reglas fijas ni leyes, sino que se rige por principios: grandes principios que se enuncian de una misma manera, pero que se aplican de infinitos modos y formas. Vale decir: que nada nos da la posesión de un arte, de un principio como cierto, sino que mediante la transformación que el criterio y la capacidad del docente hacen en su aplicación en cada caso concreto; porque las mismas causas, en la enseñanza, no producen los mismos efectos. Intervienen los hombres, el contexto sociocultural, el contexto institucional y los hechos educativos, y aún en casos similares, a iguales causas no se obtienen los mismos efectos, porque cambian los hombres y cambian los factores que juegan en la enseñanza. En este sentido, podemos reflexionar sobre nuestra práctica profesional: ¿Alguna vez, en nuestra práctica profesional, vivimos experiencias idénticas?

De manera, que enseñar es un arte “sui generis”. Es distinto de todos los demás, Es un arte, porque presupone permanente creación. Enseñar sin espíritu creador conduce inexorablemente al fracaso. Y, es permanente creación porque los hechos educativos no se repiten, al igual que para todos los docentes cada año lectivo es una nueva experiencia, porque nunca es idéntico al anterior. Porque cambian los factores que intervienen en el hecho educativo, por lo tanto, jamás se puede repetir la misma experiencia educativa.

Por ello, la habilidad del docente está en percibir la realidad educativa áulica tal cual se presenta, del mismo modo la institucional, la del medio sosiocultural[i]. Es decir: captar con la mayor justeza cada uno de los factores que intervienen, de modo directo o indirecto, en su verdadero valor, sin equivocar ninguno de los coeficientes intervinientes, que con distinta importancia escalonan las formas principales y las formas secundarias del hecho educativo.

Captada la realidad educativa en su totalidad, analizada con criterio educativo, y comprendida con espíritu objetivo y real, le permitirá al docente penetrarla para operar en ella con eficiencia y eficacia. La formación docente debe responder a la doble finalidad de conocer, analizar y comprender la realidad educativa en sus múltiples determinaciones: abarcar en los máximos niveles de profundidad posibles, las dimensiones de la persona, y elaborar un rol docente que constituya una alternativa de intervención en dicha realidad mediante el diseño, puesta en práctica, evaluación y reelaboración de estrategias adecuadas[ii] para la enseñanza de contenidos a sujetos específicos en contextos determinados[iii].

La tarea de enseñar, naturalmente, se produce en la personalidad del docente. Es algo tan extraordinario, que sólo la pueden paladear los que ejercen la docencia. Analógicamente, como lo que sucede con los organismos fisiológicos, que ingiriendo sustancias distintas, pueden producir reacciones y efectos similares; cada alumno es una persona idéntica a sí misma, indivisible, única, inmanente y trascendente al mismo tiempo, con un bagaje cultural particular que lo hace irrepetible en el tiempo y en el espacio, por lo tanto, distinto a los demás pero, cuando el docente acompaña a todos y cada uno de sus alumnos en el proceso de apropiación y construcción de saberes posibilita que, sus alumnos alcancen un aprendizaje similar con resultados similares. Esto es maravilloso; enseñar para que cada alumno día a día construya su propio saber, que fortalecerá su proceso de personalización con una dinámica constante de descubrimiento, conquista y posesión de sí mismo.

No hay tarea más excelsa que la de enseñar. El docente le enseña a pescar a sus alumnos, pero no le da el pescado. Señala el camino de la autoeducación que alienta la realización de la personalidad.

Enseñar es un arte simple y todo de ejecución. Simple para el que posee las cualidades y calidades para ejercer la docencia y difícil para el que no las posee, pero que puede adquirir realmente.

Es un arte todo de ejecución porque se basa en la práctica, entendiendo a la práctica en el marco de la formación docente continua, es decir: “la formación docente, además de las habilidades, actitudes y destrezas deberá dotar al sujeto de múltiples saberes. Estos saberes deberán permitirle a los docentes:

conocer, analizar y comprender la realidad educativa en sus múltiples determinaciones,

comprender en los distintos niveles de profundidad posibles, las complejas dimensiones de la persona para el desarrollo de la formación integral del alumno,

asumir en la construcción un rol docente que actúe en dicha realidad mediante el diseño, puesta en práctica, evaluación y reelaboración de estrategias adecuadas para el desarrollo integral de la personalidad a través de la promoción del aprendizaje de saberes, habilidades y actitudes, de educandos específicos en contextos determinados.

Se afirma que sólo tomando a la práctica como eje, podrá construirse un currículum que posibilite la comunicación de estos saberes[iv]. Aquí el término práctica esta designando dos cuestiones diferentes: por un lado, “práctica” equivale aquí a la realidad educativa actual; incluso las prácticas reales y efectivas de los docentes en ejercicio, pero no se agota en ellas. En este sentido, cuando decimos que el currículum debe tomar la práctica como eje, estamos diciendo que la realidad educativa actual – incluyendo las prácticas reales y efectivas de los docentes – deberá ser objeto de estudio, de modo que el sujeto pueda conocer la realidad educativa, analizarla y comprenderla en sus múltiples determinaciones, en los máximos niveles de profundidad posibles.

Por otro lado, práctica designa específicamente la tarea del docente, tal como fuera definida anteriormente, En este sentido, cuando decimos que el currículum debe tomar la práctica como eje, estamos diciendo que el rol docente, definido en los términos en que lo hemos hecho, debe ser objeto de un trabajo de construcción.

Esta distinción entre los dos usos del término práctica nos ha permitido explicar que la formación de maestros y profesores reúne dos finalidades complementarias (conocer, analizar y comprender la realidad por un lado, e intervenir en ella por el otro), cada una de ellas atiende a uno de los dos sentidos que le damos al término práctica. Sin embargo, es necesario retener que ambas finalidades son complementarias e indisociables si lo que se quiere es capacitar a los sujetos para que construyan y fortalezcan su capacidad de decisión frente a las necesidades que plantea la compleja práctica educativa.

De alguna manera, los saberes que deberán dar respuesta a ambas finalidades admiten la distinción entre saberes explicativo-descriptivos y normativo-prescriptivos. Sin proponer correspondencias estrictas, parece claro que los saberes explicativo-descriptivos son susceptibles de relaciones fácilmente con la equivalencia “práctica” igual “realidad escolar”, mientras que los saberes normativo-prescriptivos parecen relacionarse claramente con la equivalencia “práctica” igual “rol docente”. Retener esta distinción es útil a fin de:

evitar deducir a partir de las explicaciones prescriptivas directas para la acción,

evitar reducir la construcción de la intervención educativa al entrenamiento en un listado de recetas eficaces,

tener presente toda la gama de saberes que debe cubrir la formación.

De cualquier modo, la distinción entre tipos de saberes no debe extremarse: es una distinción útil con fines analíticos, según hemos puntualizado arriba, pero en realidad la comprensión de la situación y la prescripción para la acción no son escindibles. En efecto, cuando se explica la realidad se escogen determinadas dimensiones para su análisis que orientan el marco para la toma de decisiones. Por otro lado, el proceso mismo de decisiones se realiza en buena medida en función de los elementos de explicación y comprensión de la realidad sobre la cual se debe actuar.

Desde esta perspectiva, tanto la comprensión como la prescripción pueden empobrecerse si se lleva su distinción al extremo, puesto que el análisis de los efectos de la intervención enriquece no sólo la propia intervención sino también la comprensión misma de la realidad, y todo enriquecimiento en la comprensión de la realidad permite reformular la intervención.

El docente indudablemente nace, pero también puede crearse y perfeccionarse. De esto, se puede hablar en sentido analítico y en sentido filosófico días enteros. Pero, no es nuestra finalidad extendernos en conocimientos abstractos que no conducen a nada constructivo sobre lo que es y debe ser el docente, sino simplemente queremos señalar algunos de los conocimientos que necesariamente debe poseer para ser más sabio en cada una de las ocasiones en que deba intervenir. Por principio, el docente, no es solamente un captador de realidades, y que desde ella elabora éxitos o fracasos educativos.

Quién proceda con un criterio más o menos formal para cristalizar sistemas, para establecer métodos didácticos, para crear recetas para enseñar, se equivoca[v]. Como se equivocaron los teóricos de la educación, que en la creencia de que por repetir teóricamente la mayor cantidad de conceptos, evaluados con rigor académico, se educaba al alumno. Pero, del mismo modo, se equivocaron los que psicologizaron la educación, transformando el aula en un “cuasi-gabinete psicológico”[vi], porque caen indefectiblemente en reduccionismos que, en definitiva provocan mayor confusión, ineficacia educativa, desprestigio social y profesional, intrusismos oportunistas, definiciones poco precisas, problemas mal planteados, que concluyen en el fracaso escolar, toda vez que, el docente se desgasta anímicamente por aportar esfuerzos de todo tipo, que en definitiva, resultan inútiles.

Es decir que: ni el rigorismo pedagógico[vii], ni el laxismo académico[viii], educan. Ambas producen inexorablemente el fracaso escolar. Y, para demostrar esta afirmación, no hacen falta argumentos pedagógicos, que los hay y de sobra, sólo es suficiente con observar la realidad social como producto de esas corrientes pedagógicas reduccionistas de la realidad educativa, que no hacen más que corromperla. Entonces, ese producto flor y nata de una enseñanza deteriorada, no puede ser más que un fruto corrupto. Pero de ello, somos todos responsables, unos por acción y los docentes por omisión.

Por lo tanto, si fuese posible enseñar con sentido esquemático o con sentido dinámico, mediante sistemas preestablecidos o recetas didácticas, al alcance de todos, sería una actividad muy fácil y hoy gozaríamos de una sociedad educada, altamente instruida, con actitudes personalizantes y con procedimientos claros y transparentes orientados a la construcción del bien común. La realidad nos indica que esto, todavía, es un ideal por alcanzar y, por el cual, vale la pena aportar todo el esfuerzo y sacrificio que contribuya para su logro.

Por lo dicho se deduce que no es fácil enseñar, es una actividad verdaderamente difícil, precisamente, porque la principalísima exigencia para producir una eficaz enseñanza es crear y, hasta ahora, lo que más le cuesta al hombre es producir “cosas”[ix] desde la creación. Tenemos mucho hecho en el mundo, pero poco creado. Y lo medular de la tarea del docente es crear. Crear siempre. Estar siempre dispuesto a crear.

En la enseñanza, deben tenerse presente dos partes fundamentales que, no deben olvidarse, porque la componen esencialmente: por un lado, la parte vital del arte de enseñar, que es el docente y, por el otro, la parte inerte, que comprende toda la teoría del arte y su técnica.

La teoría y su técnica pueden ser aprendida por cualquiera, por cualquiera que se lo proponga y cuente por lo menos con las capacidades intelectuales mínimas que se necesitan para cualquier actividad intelectual. Pero no por haber aprendido la teoría y su técnica se está en condiciones de enseñar, el que así lo crea se equivoca, porque lo que realizará efectivamente es cientificismo o tecnicismo, que no enseñan, sino que corrompen, lo que ya he señalado suficientemente. Enseñar, es mucho más que manejar algunos secretos de la enseñanza aportados por la ciencia y la técnica, porque hay un secreto superior, que estos campos del saber no pueden aportar, sólo se puede llegar a través de la intuición, que le permite al docente captar las pequeñas cosas que para el científico o el técnico pasan desapercibidas. Estas pequeñas cosas del hecho educativo inmerso en un contexto sociocultural, mueven la capacidad de crear. Algunos docentes la poseen desde el vientre materno, otros la adquieren, pero la alcanzan en distinta medida.

Uno de los grandes errores de los hombres dedicados a la docencia es considerar, que enseñar es sólo una cuestión de técnicas pedagógicas, adquiridas memorística y mecánicamente y aplicadas esquemáticamente. Grave error, porque el docente debe comprender críticamente la realidad del aula, la realidad institucional, la realidad sociocultural-contextual, que es la que le da sentido a la existencia institucional y, finalmente, la realidad sociocultural global que explica la realidad sociocultural-contextual[x].

Por ello, cuando elaboramos un proyecto áulico, debemos comprender previamente el proyecto Institucional, que para nosotros es un proyecto de vida, que no sólo fundamenta a los proyectos áulicos, sino que también, comprende y contiene al medio sociocultural que contextualiza a la misma Institución Escolar, influyendo en el mismo medio de modo educativo.

El aula no es un compartimento estanco y aislado. Del mismo modo que la escuela no es un edificio en el desierto, ella vive y convive con su contexto social que le demanda educación[xi]. Este es el punto de partida de la razón de ser de la existencia escolar. Por eso, es necesario que el docente tenga claro el concepto de universalidad de la acción educativa. Ésta no se puede dividir ni aislar; la educación es un campo indivisible e integral, lo mismo que el ejercicio de la profesión docente[xii]. Y comprender esto, es condición “sine-qua-non”[xiii] para ser un profesional, de lo contrario, jamás podrá actuar bien en el campo de la docencia.

Vale decir: que la docencia no se aprende, se comprende. Se puede aprender su teoría y su técnica, pero ya señalamos que enseñar es algo superior, para lo cual, es necesario comprender lo que venimos desarrollando.

En consecuencia, a la docencia no se la puede mirar en pequeño, porque es una actividad integral. Todo, necesariamente, está comprendido por la educación; a modo de ejemplo: (mirado desde los deberes indelegables tanto del Estado como de los padres, que son cuatro: Justicia, Salud, Seguridad y Educación) la educación forma médicos, jueces y funcionarios y agentes del orden, vale decir; que estas tres funciones dependen de la educación y no existe dependencia alguna de la educación con esas funciones. Por ello, los pueblos que no prioricen la educación, inexorablemente, quedarán sumergidos en la miseria material y espiritual, que es la peor de las miserias.

Del mismo modo que la educación es la mayor actividad integradora de la Nación, lo es también de una escuela, de un aula y de una familia, de la persona que aprende y de la que enseña, de los conceptos, de los procedimientos, de las actitudes efectivamente enseñados y aprendidos. Por esto, no se puede dividir al docente ni al alumno en partes. Se enseña y se aprende integralmente. Porque enseñar es un hecho eminentemente educativo, no se puede enseñar a una persona en partes, debido a su integralidad intelectual, volitiva, afectiva y corporal; individual y social; inmanente y trascendente, en suma, material y espiritual.

En otras palabras, no se puede comprender cabalmente a la enseñanza, desde nuestra conceptualización: enseñar = conducir, si no se tiene un panorama integral de la educación, que es universal e indivisible, pero que uno si la puede penetrar y comprender.

Otro aspecto que es necesario comprender para realizar una buena tarea educativa es, saber valorar la importancia de la intuición. Lamentablemente, el racionalismo ha desacreditado a la intuición, como modo pleno de conocimiento. Por ejemplo: una madre, muchas veces, no conoce una necesidad de su hijo a través de especulaciones racionales, sino por medio de la intuición. Afortunadamente es así, porque si ellas hubieran pretendido conocer con la sola razón las necesidades de sus hijos, la humanidad ya hubiera desaparecido de la faz de la tierra. Para la tarea docente, la intuición es fundamental, porque proporciona datos y conocimientos que la especulación intelectual jamás podría alcanzar “a priori”. Además, la intuición que todos poseemos por nuestra naturaleza humana, es el estímulo permanente de la creación. Es decir: que desarrollando la intuición nos estamos preparando, casi sin darnos cuenta, para ser creativos[xiv]. El conocimiento intuitivo es mucho más eficaz y seguro que el conocimiento por especulación racional. Esto visto desde la creación, desde el desarrollo histórico de la humanidad, desde la misma enseñanza. De manera que, aquellos que nunca se atrevieron a ser creativos o que anularon esta capacidad por ser puramente racionales, ejercitando la capacidad natural de la intuición pueden volver a recuperar esa facultad humana de la creación. Además, en este ejercicio, también se desarrollan las seguridades que la práctica profesional requiere.

Es imposible aprender la docencia, son tan cuantiosos los casos que la docencia plantea, que quién quiera aprenderlos a todos, se moriría antes de haber aprendido la milésima parte. Es decir: que la experiencia docente es comprensible para el entendimiento de los hombres, para construir el criterio profesional necesario para enfocar los problemas y resolverlos educativamente pero no para memorizarla.

Jamás uno debe pretender acordarse de todos los casos que han pasado en la historia, que se asemejen al que se debe resolver, o que es lo que en teoría dice como principio a aplicar. Eso no tiene ningún valor; es el conocimiento, análisis y comprensión del problema lo que va a dar la solución

De cualquier situación fluye, teniendo en cuenta el proyecto áulico, que es lo que hay que hacer para que caminemos de la situación presente (actual) a la situación objetivo[xv] que perseguimos en el proyecto áulico. El camino surge de la experiencia de la situación. Y, eso hay que mirarlo objetivamente. Es poner en movimiento el proyecto áulico, en consecuencia, de allí va a salir el camino, camino único o múltiples caminos, pero camino, que es lo que uno busca entre la situación presente y la situación objetivo propuesta, ya sea que esté referido a los contenidos conceptuales, a los procedimentales, o a los actitudinales.

Es difícil también en este campo, establecer algo concreto, algo ajustado a la realidad concreta. En este tipo de actividad nada hay que sea concreto, salvo la situación educativa actual que plantea cada caso, es decir: la situación que plantea cada alumno, y para resolverla, los caminos son muchos, pero hay sólo uno que es el más adecuado. La sabiduría del docente está en “saber” encontrarlo.

Frente a las situaciones educativas, el docente es un constructor de éxitos. El éxito se traduce en el logro de los objetivos propuestos en el proyecto educativo áulico. No depende de la suerte, tampoco de la casualidad y no es designio del destino. El éxito se construye, se realiza. Es decir: que el éxito en la enseñanza se concibe, se prepara se organiza, se realiza y, finalmente, se lo explota. Porque el éxito en los docentes está en los mismos docentes, está en su propia práctica[xvi].

EL DOCENTE ES UN CONSTRUCTOR DE ÉXITOS. Esa es la mejor definición que se pueda decir de un docente. En este sentido, el docente es un profesional que recibe una situación[xvii] y un objetivo curricular[xviii], más las demandas regionales, entonces, es de su exclusiva responsabilidad construir el éxito. Que para lograrlo, deberá acompañar a sus alumnos en sus respectivos procesos de construcción de los propios saberes para que, individual y comunitariamente realicen el proyecto áulico. Para ello, deberá implementar metodologías didácticas originales que se adecuen a las necesidades del aula. En este sentido, los métodos son sólo instrumentos, se utiliza el que sirve y, si no sirve ninguno, se construye uno nuevo. El docente debe tener la plena libertad de utilizar los instrumentos que más convengan al proceso, ello lo determinará de acuerdo a la circunstancia educativa que deba enfrentar. Entonces, La práctica docente es, lisa y llanamente, la construcción de éxitos educativos y, el docente es el responsable de que ello ocurra. Por eso, él utiliza técnicas, inspiración y la propia capacidad para enseñar.

Si tiene una gran Técnica, le puede salir una buena realización; si tiene también inspiración, puede salirle linda; pero si además, tiene talento, entonces, sale una gran realización educativa; y si posee un talento privilegiado, hace algo nuevo en materia educativa que revolucionará la pedagogía en el mundo. En fin, esto tiene infinitas gradaciones, como infinitas pueden ser las creaciones del hombre.

En síntesis, lo primero que se necesita es contar con un criterio amplio y descartar los sistemas, rutina y las recetas. Es decir; que en la actividad docente no se puede copiar, es necesario crear, porque el arte es creación.

Nadie se ha hecho famoso copiando cuadros o esculturas, ni tampoco copiando ejemplos, porque a veces también, se copian los malos ejemplos. Es cuestión de discernimiento, y en consecuencia, crear. Tenemos que poner en juego el criterio, no la memoria, no las recetas ni los sistemas, tenemos que evitar la rutina. Para la docencia no hay estructuras que sean infalibles y que perduren en el tiempo. Todos los métodos, cualquiera sea, sólo son útiles en la medida en que desarrollemos nuestro criterio docente.

La práctica profesional, es uno de los aspectos de la vida del docente que es imposible sistematizar; no puede haber sistematización. Esa es la enseñanza que surge de la teoría de la construcción de éxitos. Por otra parte, es necesario pensar que lo que el docente enfrenta es una situación concreta, única e irrepetible, porque sus actores son únicos e irrepetibles y necesita una solución para esa situación determinada por el tiempo, el espacio y los actores. Esa solución no la encontrará en ninguno de los casos de la Historia de la Educación o de la Teoría de la Enseñanza.

Los principios de la Teoría de la Enseñanza han surgido de las grandes obras, de las obras maestras de la práctica docente, de manera que siendo principios empíricos, no los podemos fabricar nosotros, sino que surgen de los hechos. Por eso enseñar no es una técnica, sino que es auténticamente un arte, y de allí, es que el docente no es un técnico, sino un artista.

El artista tiene ante sí un caso concreto: le encargan una obra, tiene los materiales e instrumentos, todo lo necesario. Él debe darle vida, esa es la solución que buscará si es pintor o escultor, lo mismo que si es docente. Porque al docente le dan un grupo de alumnos heterogéneo, contenidos básicos curriculares, un contexto sociocultural, un proyecto institucional, y él tiene que construir un éxito, tiene que hacer una obra de arte; tiene todo lo necesario. Él debe darle vida, esa es la solución del problema, esa es la construcción del éxito – sus alumnos mejoraron su calidad de vida- transformándola en vida más plena. Porque el docente es portador de vida, y vida en abundancia. Y del mismo modo que nadie da lo que no tiene, nadie enseña lo que no sabe y nadie transmite lo que no vive. Por ello, el docente debe vivir concientemente su propio proyecto de vida.

Hay que darse cuenta de los inconvenientes con que se tropieza en la realización de una obra educativa, los malos ratos que hay que pasar, las presiones generadas por conciencias mediocres, la falta de equipamiento escolar, la inestabilidad laboral, la envidia del fracasado, la calumnia del incapaz, la indiferencia de los padres, la falta de estructura edilicia, la vergonzante retribución salarial, el manipuleo de la política educativa, la mediocridad de los gobernantes; noches y días enteros tristes, pero al final, a pesar de todo esto, se llega a una solución que posibilitará la construcción de un éxito educativo, entonces, la satisfacción personal compensa todos los malestares.

Otro aspecto que es necesario destacar, es que la experiencia propia en el arte de enseñar, generalmente, llega tarde y cuesta cara, porque casi siempre, se aprende más de los errores que de los aciertos realizados, por lo tanto, la experiencia en carne propia es “maestra de tontos”. Hay que tratar de aprender de la experiencia de los demás[xix]. De manera que esta gimnasia espiritual permanente, que es el estudio de todos los hechos, de todos los casos y sus respectivos análisis.

De tal forma, se van acopiando los conocimientos necesarios. No se estudian estas situaciones concretas para volverlas a aplicar, por si el caso se repite, no. Se estudian con la mayor profundidad posible para lograr un buen entrenamiento, para formar el criterio docente, pura y exclusivamente para realizar un ejercicio de la docencia, y de tal forma, crecer en sabiduría asumiendo la experiencia de los demás. Este es el valor de los ejemplos, para trasvasar la experiencia ajena a la propia, es decir: hacerla nuestra, como si nosotros hubiéramos vivido esa situación, de tal manera, adquirir el conocimiento de los hechos para ser más sabio frente a las ocasiones que se nos pudieran presentar en el ejercicio de la profesión, en la práctica cotidiana del arte de enseñar.

Aunque parezca una verdad de perogrullo, no está de más mencionarlo; una de las cosas más importante para el docente, es que tenga presente que quién debe conducir los acontecimientos es él. Jamás debe dejarse conducir por los acontecimientos. Esta es una de las cosas fundamentales del docente. “Que sea conductor”. Que él conduzca los acontecimientos, como primera cuestión y como segunda, es que debe saber siempre lo que quiere, debe conocer siempre el objetivo que se propone alcanzar, es decir: el “proyecto de vida áulica” que pretende realizar, por ello, es muy importante que el docente encarne ese proyecto. Estas dos cuestiones, parecen dos perogrulladas, porque enseñar, lógicamente, presupone que sea el docente el que origina, desencadena y conduce los acontecimientos educativos y no que sea él el juguete de esos sucesos.

También es necesario saber lo que se quiere, lo que verdaderamente le da sentido a la práctica docente. En la Historia de la Educación y en nuestro presente son más los docentes que son conducidos por los acontecimientos, porque entre otras cosas, no saben lo que quieren, y en consecuencia, no saben lo que tienen que hacer para actuar con propiedad frente a los puntuales hechos áulicos.

Otro factor que el docente no debe olvidar, es que en todas las acciones de la enseñanza hay hechos que son determinantes o principales y hechos que son circunstanciales o secundarios, que no inciden en la enseñanza. El secreto está en observarlos bien, analizarlos bien y comprenderlos bien, luego dominar los fundamentales y dejar de lado los secundarios, que no tienen mayor importancia. O cuanto mucho, atender los objetivos fundamentales con medios fundamentales y los secundarios con medios secundarios. El docente en el ejercicio de su profesión, no debe ocuparse de objetivos de segundo orden y dejar de lado los verdaderamente importantes. Esto, también, es muy común entre los docentes, que se preocupan más por la formalidad burocrática que por enseñar.

Esto sucede, porque el hombre no sólo tiene criterio para discernir, sino que también tiene pasiones que lo arrastran. Y, las pasiones lo llevan, generalmente, hacia objetivos secundarios. Por ejemplo: dejarse llevar por críticas destructivas destinadas a la Institución o a los directivos, etc…, que pueden tener un fundamento cierto pero la metodología de la crítica palaciega, es destructiva; De modo, que uno no debe dejarse llevar en este juego engañoso, porque no alimenta nuestra labor docente, más bien alimentan nuestras pasiones y nos distrae de nuestra responsabilidad, aunque el fundamento de la crítica sea cierto corremos el riesgo de perder toda nuestra acción educativa, porque perdemos de vista el objetivo principal. Este es un asunto muy importante, porque contiene la razón misma de ser de la docencia y también está en la naturaleza del hombre. El hombre suela ser pasionista por naturaleza y aún por costumbre. Ahora bien, el docente no puede tener esa clase de defectos; si bien es cierto, que son propios de la naturaleza humana, no es menos cierto, que el docente supone un proceso educativo por el cual, debe haber superado esas debilidades. Además, ese proceso educativo permite que el docente cultive y posea ciertas cualidades y calidades, sin las cuales se verá siempre obstruido en su labor por su propia personalidad.

Hay cosas que el docente no debe olvidar jamás, ya que el olvido de ellas le acarreará una serie de inconvenientes y factores desagradables que se sumarán a los factores negativos que los hechos le van a presentar y, que a medida que él los vaya expresando en la práctica, se irán multiplicando geométricamente hasta que el cúmulo de errores y factores desagradables anulen toda posibilidad de enseñar.

Repitiendo un concepto antes dicho, el docente es un artista no un técnico. Vale decir: que él no elabora nada mecánicamente: la enseñanza es producto de su creación. En este sentido, un Pedagogo, que es un perito en esta materia, no presupone de modo alguno, un docente. Como tampoco un docente necesita ser un perito. Uno es un técnico el otro es un artista. Y debemos recordar, que las grandes obras de la humanidad pertenecen a los artistas no a los técnicos. No es la técnica lo que lleva a la producción de las obras maestras. El arte tiene un sentido vital que no puede reemplazarse por la técnica. Por eso, podemos afirmar que no son los conocimientos enciclopédicos ni la extraordinaria erudición los que dan la capacidad para enseñar[xx].

Enseñar es actuar, es crear[xxi]. Lo único que la técnica enseña es un sistema, pero no enseña como realizarlo en cada caso concreto. Esto está en cada docente o no está.

Por eso decimos, que un perito no presupone un buen docente. Tenemos tantos técnicos formados en nuestras facultades, y sin embargo, no hemos visto que ninguno de ellos se haya destacado en el campo de la docencia; en el mejor de los casos, son buenos copiadores de recetas, de fórmulas. Para triunfar en la docencia se necesita ser docente, quién debe ser, con todo el sentido y profundidad del término, “MAESTRO”. Porque su acción no se limita a enseñar, sino que también educa. Se puede enseñar con las palabras, pero se educa con el testimonio de vida diario, es decir: con lo que hacemos. Lo que implica un compromiso integral del docente con sus alumnos. Ello significa, que debe conocer, analizar y comprender la realidad educativa para intervenir en dicha realidad mediante el diseño, puesta en práctica, evaluación y reelaboración de estrategias adecuadas, para la enseñanza de contenidos a sujetos específicos en contextos socioculturales determinados.

Esto implica, además, que debe organizar a sus alumnos para que todos realicen el proyecto educativo áulico, reconociendo en esta organización, el proceso de cada sujeto. De tal manera, resultará previsible que no todos llegarán a concluir el año lectivo con el mismo nivel de aprendizaje. Pero también, resultará significativo, que todos poseerán los Contenidos Básicos Comunes habiendo desarrollado al mismo tiempo las cualidades particulares de cada uno. Es decir: que en el proceso personal cada alumno habrá construido su propio saber y desarrollado sus propias habilidades, que lo distingue de los demás. En síntesis, organizar al grupo. Establecer las normas de convivencia, celebrar el contrato de enseñanza-aprendizaje y finalmente, ejercer la docencia.

Por eso el docente debe ser más que un conductor de acontecimientos educativos, debe saber además, organizar a sus alumnos, para que el proceso que comienzan a desplegar sea verdaderamente constructivo. Esta tampoco es una tarea técnica, puesto que, aquí está en juego la intuición del docente, que generalmente los técnicos desprecian, probablemente por falta de confianza en sí mismos. Y a juzgar por los resultados, el Sistema Educativo Argentino contiene sobreabundantemente técnicos y como lamentable contrapartida no abundan los docentes. Los resultados están a la vista. Si hubieran abundado los docentes, no sólo en el aula, sino en toda la estructura del Sistema, otra sería la realidad sociocultural Argentina.

El Sistema Educativo Argentino, no formó docentes sino técnicos en educación, con el agravante de que muchos de ellos por no contar con una buena formación técnica ni ética, son capaces de actitudes demagógicas para granjearse el afecto de sus alumnos, en busca de equilibrar su incapacidad profesional. Este Sistema Educativo Argentino autoritario e ineficiente para receptar las demandas sociales, formó técnicos torpes para ejercer la docencia, y simultáneamente, despreció al auténtico docente.

En el presente asistimos, como actores, a la recreación del Sistema Educativo Argentino. Esta es la hora del docente argentino, porque tenemos la gran oportunidad de cristalizar nuestros anhelos superando, no sin esfuerzo, el sentido “gregario” de la educación enciclopedista, propiedad exclusiva de los “caudillos” pedagógicos.

La diferencia que hay entre el “caudillo pedagógico” y el docente, es natural. El primero hace cosas circunstanciales, el segundo realiza cosas permanentes. El caudillo pedagógico explota la ignorancia de sus alumnos, el docente aprovecha los conocimientos previos desde donde parte su labor educativa. El caudillo no enseña, más bien pervierte, ubicándose como centro del hecho educativo; el docente enseña, conteniendo a sus alumnos, no como una masa informe, sino a cada uno de ellos como la alteridad que lo interpela y le reclama valores[xxii] educativos, para construir sus propios saberes partiendo de un contexto real, en el cual, el docente deberá actuar también directamente, dándole al alumno herramientas para comprender y transformar criteriosamente su realidad personal y sociocultural.

Es decir: son maneras de obrar diametralmente opuestas en la acción educativa. Si un docente, que se dice tal, después de haber enseñado durante un año a un grupo de alumnos no deja nada permanente, no es un docente, es un caudillo pedagógico.

Algunos dicen para justificarse, que los docentes solamente nacen, pero se equivocan, porque también se hacen. Los docentes de excepción nacen y no se hacen; pero también es posible llegar al “genio” a través del método. El genio, en el fondo, es el trabajo de campo, en gran parte. La condición está al alcance de todos los estudiantes y, sostener lo contrario sería sostener una enseñanza negativa. Como lo era antes, con los resultados de antes. El estudiante se capacita para la docencia, en distintos grados, pero se capacita. Es decir: la docencia supone capacitación y, ésta a su vez, supone aprender[xxiii]. Dicho de otro modo: educar la inteligencia, la voluntad y la afectividad; la razón y el espíritu. En consecuencia, la docencia es materia de capacitación. Formar el criterio docente por el ejercicio permanente de la inteligencia, la voluntad y la afectividad en el marco de los valores morales. De tal forma, se capacita para la docencia. Teoría y práctica, forman los constitutivos esenciales de la formación docente. Por un lado, se desarrollan las cualidades que se poseen, y por el otro, se adquieren las que no se poseen naturalmente; y esto, es perfectamente posible. De modo, que sí se puede llegar a ser docente sin haber nacido “genio”. En realidad, el “genio” es el trabajo de campo.

En cuanto a los valores espirituales[xxiv] del docente, lo que se puede afirmar en este sentido es que, puede carecer de una profunda formación académica, pero no puede carecer de valores morales. Si carece de éstos, no es un docente. Los valores morales en el docente están por encima de los intelectuales, porque en la educación la realización está siempre por encima de la concepción. La concepción intelectual puede ser transferida con las palabras, pero la realización educativa necesita del testimonio profesional y personal del docente, porque así se constata la teoría.

Muchas veces una mala concepción realizada con esfuerzo y honestidad, llega a buen resultado pero, una buena concepción con mala realización no llega nunca a nada.

Esa es la razón por la cual, tanto en el artista como en el docente, la acción esta siempre por sobre la concepción. Entonces, puede tener carencias conceptuales, pero lo que no puede tener, son carencias procedimentales y actitudinales. ¿Cuáles son esos valores morales? En primer término el docente debe sentirse apoyado por una Fuerza Espiritual Superior Absoluta[xxv] , debe sentir fe en sí mismo y tener un optimismo muy grande. Esto lo impulsa a enfrentar y superar los grandes desafíos que presenta la educación. Las pequeñas acciones, visto desde la perspectiva social, le quedan reservadas a otras profesiones no docentes. El docente siempre selecciona las acciones y se decide por las grandes, por aquellas que para emprenderlas hay que tener la suficiente fuerza de voluntad y la facultad del afecto altamente desarrollada, que nacen de la fe en sí mismo y del optimismo que lleve dentro de sí. La educación es la actividad que presenta los desafíos más grandes, en comparación con otras actividades que desarrolla el hombre, y que también son importantes, pero siempre subordinadas a la educación, porque en ella encuentran su razón de ser.

El docente debe ser prudente, es decir: debe saber cuando es necesario jugarse todo a una carta, porque el que arriesga poco , gana poco. Por ésta razón, el carácter del docente es la fuerza motriz fundamental en el arte de enseñar. Los hombres que sostienen la teoría de que para no sufrir grandes reveses es menester no exponerse mucho. Ellos no llegan nunca a nada. Es decir: que en la docencia se eligen los grandes objetivos, los más grandes, con decisión, con fe en sí mismo y con optimismo.

El docente debe crearse el deber de vencer, que va acompañado con la abnegación. Éste deber es indispensable en la docencia. Aquel educador que no sienta el deber de vencer, difícilmente supere algún desafío, seguramente los problemas lo apartarán de su tarea, se verá superado por la situación llegando indefectiblemente a padecer el fracaso. Resultado, que muy pocos docentes se hacen responsables, porque generalmente, trasladan ésta responsabilidad a los alumnos, convirtiéndolos en los artífices del fracaso. Por consiguiente el docente es un hombre decidido a vencer. Pero si no vence, debe saber soportar los golpes de las circunstancias, con entereza y con la disposición reflexiva para superarse, creciendo así, en sabiduría. Es lo único con que contamos después del fracaso. Para evitar éste resultado es necesario ser prudente.

Publicaciones Similares

Labor de los Tutores en la Educación a distancia La palabra tutor hace referencia a la figura de quien ejerce protección, la tutela, de otra persona menor o necesitada. En educación a distancia, su c...
Desde el punto de Vista del Tutor Reciban un saludo todos, tutora del Área de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social del Departamento de Formación a Distancia.- Centro de Estudio...
Control de calidad y educación a distancia El control de calidad, según señala Kaoru Ishikawa (1988) está sugestivamente vinculado desde sus orígenes con la educación a distancia. Acorde con l...
Continuando con la línea de Educación Continua Onl... La formación en línea es una parte muy importante de la educación y la formación en la facturación médica, codificación y transcripción. El sector de ...